lunes, 31 de octubre de 2016

PUDIERON PUDIENDO

Olor a tierra mojada y un octubre que se va siendo invierno. Un tiempo que se desacelera y una revisión pausada de las filminas del día. Es que pasan los años y sincerarnos con nosotros mismos se va haciendo costumbre. Será que uno ya no soporta las máscaras que pesan lo que no valen.

Una mañana en el hospital y una sonrisa de más de mil kilómetros con frescura de niño. La abuela chocha parafrasea aposiciones que explican lo inexplicable. "Está aprendiendo a pedir mimos, decime si no es genial" reza con reverencia sorprendida. Cierra la frase con picardía que suena a superficie, pero sabiendo que retumba en lo más hondo: "a pedir mimos es lo primero que aprendemos, y tan rápido olvidamos".

Cierra el día y sigo repasando filminas. La viejita que el camillero hoy le dijo cariñosamente "abuela", y yo me doy el gusto de decirle "mamá", me mirá y con ojos oscuros susurra: "puedo por el cariño que ustedes me dan". Y firme, guarecida en su andador, avanza un paso más.

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"Ustedes pudieron y yo estoy aquí como prueba del poder de ustedes. Prueba, pero no medida. Porque no hay medida que pueda abarcar todo lo que se vuelve posible para la gente que se ha puesto a poder." - Benedetti

viernes, 21 de octubre de 2016

ALEX

Alex tiene 11 y tres diarios bajo el brazo.
Alex tiene frío y una familia que lo empuja de un auto.

Alex tiene ojos cansados y miradas perdidas.
Alex tiene una mochila andrajosa y una carga que rompe sus hombros.

Alex se pregunta si la vida tiene ese sabor,
y todas las noches se inventa un no.

Alex ya no sonríe como niño.
Alex ya trabaja como adulto.

Alex por las noches anda por las calles.
Alex por las noches anda sin rumbo.



jueves, 15 de septiembre de 2016

SE GRITARON LOS SILENCIOS

La casa añosa, lo recovecos conocidos, los pasillos transitados, y esas habitaciones donde se lo esconde todo. Pasa que el tiempo acentúa los pasos ya andados, y da la sensación que hay huellas que no se borran. Los caminos de la cama al comedor, del vestíbulo al patio interno, de la biblioteca a la sala de estar, están ya dados; surcados podría decir. Estipulados con estrategia meticulosa a fin de evitar choques inesperados, no sea cosa que… justo a esta altura… el horno ya no está como para.

En el silencio sepulcral, un grifo se abre y un chorro de agua fría acentúa los tintes grises de la escena. Desde el reflejo que devuelve un botiquín con lustroso espejo, dos ojos miran sin querer a su derecha. El chancleteo indica que hay que ir abandonando el recinto. Huir por las tostadas quemadas y el café hirviendo, dar un pequeño paso por la biblioteca y destrabar el último ejemplar, para refugiarse bajo las sombras del patio interior.

Rostro enjuto, ojeras marcadas. Pasos arrastrados y una figura encorvada. Llegar al lavado y rumiar las costumbres. El jabón ensopado, los restos de la afeitada. Algo que se revuelve en el estómago, y ese "qué sentido tiene" que lo mata todo. Toma el peine de la abuela, y desenreda con solemnidad los rizos blondos que la herencia le ha sabido dejar. Escucha la madera añeja de la biblioteca que cruje cuando con fuerza se saca un libro puesto a presión, y entiende que la cocina está libre.

El sol del mediodía raja las piedras, y hace al anciano entrar al hogar. El plato de lentejas humeantes en la mesa, y esa anacronismo gastronómico que se pronuncia como una provocación, "pero para qué" reza para sus adentros. Levanta ambos platos, como la caballerosidad demanda, y prende la cafetera por el segundo brebaje del día. Ella acepta no por deseo sino por castigo, "para que haga algo".

Y viene entonces las miradas mudas, el respirar profundo, el diario que quita la incomodidad del silencio y el revisar los fúnebres que recuerdan la esperanza de que un día todo esto se termine. "Murió la chola" dice él. Levanta las cejas con cernida congoja ella. 

Y fue automático, no sé si ese día se habrán alineado los astros, si el hastío colmó el vaso, o si el equilibrio tácito del silencio se quebró por exceso de mesuras. Y tan podridos de todo, de todos, de las rutinas y costumbres, de él y de ella, de sí mismos y de esa vida sin sobresaltos, sin colores ni sorpresas, decidieron gritarse a dos voces el sin razón. Y se gritaron como nunca, porque no querían callar como siempre. Y las palabras brotaron a borbotones, manchando el mantel, cortando el diario y hasta enfriando el café.

Pero, por vez primera, pusieron en palabras el descontento. Pusieron en palabras las costumbres, los sentimientos amontonados, los recuerdos olivados. Pero, por sobre todo, pusieron por vez primera en palabras las nostalgias de una esperanza viva que no querían dejar morir. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

EL GUARDAPOLVO

Inmaculado ingresa a la escuela un guardapolvo.
Sin dobleces, sin arrugas. Sin manchas, ni pinturas.

Recorre sus pasillos cual fantasma,
y con ahínco predica los mandatos del deber.

Debes andar derecho, debes caminar despacio.
Debes cuidar la pulcritud, debes mantener el decoro.

No debes sonreír en exceso, ni tampoco sentir en demasía.
No sea cosa que la alegría o la algarabía, traigan descuido y osadía.

Será entonces que en esto de la Patria nuestra,
con el indiage, el gauchaje y los arrabales
no hubo mayor necesidad que identificar lo indefinido.

Solo vaya uno a saber, si fue la idea primera,
que atrás de un trapo blanco de tela,
la humanidad toda se escondiera.

sábado, 27 de agosto de 2016

DIAS

Algo imperceptible se revuelve en mis entrañas y con suavidad asciende;
estremeciendo cada nervio, movilizando cada fibra, condensándose en mis lagrimales.

La mirada vidriosa y una historia que inunda la habitación.
Un oyente y un hablante.

El acto de decir porque se sabe escuchado,
el acto de escuchar porque se sabe confiado.

La distancia que demanda la emoción que no quiere desbordar,
y un relato en minúsculas que no pretende llamar la atención en demasía.

Una relatoría que desde la silenciosa sinceridad se etiqueta como una veracidad diseccionada.
Una emoción dormida que en el acto de escuchar encuentra los vértices de la empatía.

Oír y ser oído en los silencios. Decir y también decir sin las palabras.
Un diálogo mudo cubierto de sutilezas y embadurnado de sensaciones.

Un momento, en un día que no prometía mayores matices.
Un ápice de luz, entre tanta oscuridad.  

viernes, 26 de agosto de 2016

MAS QUE UNOS, PERSONAS

La gota que completa el vaso, y el vaso que no rebalsa.
Los lagrimales desiertos y el último sollozo que se borra en la memoria.
La mirada fría, el latido estereotipado y esa mueca fría que desdibuja la humanidad.

Una piel que no se eriza, pupilas que no dilatan.
Las arrugas hechas huella pantanosa de una gestualidad que se quedó atorada.
Una garganta que no se anuda, un estómago que no se revuelve.

Un grito, una cinteada, un abuso.
Un disléxico, un vago, un pobre diablo.
Uno más de todos los unos que el diario vivir trae a la jornada.

Solo pido que el vaso desborde cada vez que sea necesario,
Solo pido que los sollozos refresquen la memoria,
Solo pido que la mirada cálida y la curva cóncava de mi rostro
den el alivio a esos unos, que más que cifras son personas.

viernes, 12 de agosto de 2016

EL ÁRBOL Y LA VIDA

En el crepúsculo de un trueno, un rayo lo despedaza.

Bastó un segundo para matar años. Bastó un minuto para ver el desparramo. No alcanzó un día, para juntar las ramas, ni un mes para las hojas. El desgano, el hastío y esa angustia en la garganta, que no te deja avanzar en lo sabido. No es fácil ante el golpe seguir hacia adelante.

Ingrata es la imaginación, y el recuerdo ni les cuento. Mirar el tronco y que los ojos completen la imagen muerta. La impugnación del olvido, la resistencia de la memoria, esa es la negación con la que se vive los primeros días. Mirar con el desgano de un futuro trunco, mocho. Mirarse en el viejo árbol, y pelearse con el destino. Pensar mil veces lo que pudo ser, y no ha sido. Tragarse las lágrimas del árbol que no llora, y morderse las rabias del padre arrebatado. No fue fácil el verano donde vi al árbol caído.

Es que el árbol y el viejo, y el destino encaprichado, todo se fue en un mismo momento. El tronco trunco, como la familia. Y el miedo a lo incierto y el descontrol en el bolillero de la vida. Y ese piso que se mueve y esas raíces que no alcanzan. Y la gente que se amontona cuando uno no llega a sentir que duele, y de pronto se aleja cuando empieza a doler en serio. Las hojas secas desparramadas que el viento lleva y trae a su antojo, y los recuerdos revueltos, arremolinados, que con cada tormenta nos sacuden.

El árbol, el viejo y el destino, y un sinfín de imágenes donde me pierdo y confundo. Pero el tiempo pasa, y aunque no se define lo desdibujado, si se asienta lo arremolinado. El árbol, el viejo, el destino y la vida, que cada otoño y cada invierno pronuncian la muerte que antecede a la vida, y en esa primavera que nunca falta, retoña lo menos esperado.